La obra de arte efímero de Marta Minujín tiene 25 metros de altura y la conforman 30 mil libros escritos en decenas de idiomas. Permanecerá abierta hasta el 28 de junio, de 12 a 20, en Plaza San Martín. Galería.




Es una enorme torre con forma de espiral. Una estructura de 25 metros, siete pisos y conformada por 30 mil “ladrillos”, ubicada en una zona de palacios y con un mirador que regala una vista privilegiada de ese sector de la ciudad. Pero no se trata de un nuevo emprendimiento inmobiliario, sino de una obra de arte de 25 metros, siete pisos y cuyos ladrillos son 30 mil libros de diferentes idiomas erigida en plena plaza San Martín, creación de la artista pop Marta Minujín.

Recorrerla lleva quince minutos, tiempo insuficiente para observar las 30 mil tapas, con sus 30 mil contratapas que dan forma a esa espiral literaria. Imposible ver, discernir, apreciar: es tal la oferta de libros que si uno observa la tapa de Madame Bovary en el segundo piso, ante la enorme cantidad de ejemplares después piense que la vio en el cuarto o quinto, sobre todo al tener en cuenta que no se trata sólo de los libros, sino también esa vista singular de la plaza y los edificios que se encuentran a su alrededor.

La “Torre de Babel” forma parte de los festejos por la designación de la Ciudad de Buenos Aires como Capital Mundial del Libro, título que ostenta este año por designación de la UNESCO.

Al entrar en el andamiaje de metal, se pueden ver a ambos lados de la angosta pasarela libros que van de Cuentos de la Selva, de Horacio Quiroga, al Conde de Montecristo de Alexandre Dumas, pasando por una historieta de Doraemon, el gato cósmico, escrita en japonés.

Minujín logra poner de manifiesto la diversidad al elegir para el armado de la estructura desde clásicos de la literatura hasta libros de historia y arte. “El mito de Babel dice que los hombres hablaban un solo idioma pero querían llegar a Dios, que se enojó, tiró un rayo y nunca más nadie se entendió. Esto es al revés. Yo unifico y quiero que Buenos Aires sea más cosmopolita, que venga gente de todos lados y todas las razas se mezclen”, había explicado el día que inauguró la obra. Ya en 1983, con la vuelta de la democracia, la artista construyó en la avenida Nueve de Julio el “Partenón de libros” usando ejemplares que habían sido prohibidos por la última dictadura militar.

La variedad de publicaciones, escritas en decenas de idiomas y dialectos del mundo, fueron donadas por embajadas y asociaciones civiles de más de 50 países y por ciudadanos que quisieron acercar un ejemplar para sumarlo a la obra.

Al escalar la torre con forma de caracol, los ruidos de la calle van quedando atrás y empieza a escucharse la palabra libro recitada en diferentes idiomas. Boek, aklát, livro, bok, liburu, entre otros, se oye una y otra vez.

Transitar cada nivel de la estructura liviana es como un viaje fugaz por cada continente. De América a Europa, y luego Asia. Los libros están envueltos en bolsas de plástico transparente para protegerlos de la lluvia y precintados a una malla metálica para acompañar la forma de la torre.

Una vez que se desarme la Torre los volúmenes serán catalogados e integrarán la primera biblioteca multilingüe de la Ciudad, a excepción de los del primer nivel, que se entregarán al público.

En el anteúltimo nivel, la Torre toma otra función: la de mirador. Los visitantes se quieren llevar como recuerdo una postal, y posan con las copas de los árboles de la plaza, el edificio Kavanagh, el Palacio Paz o el Palacio de la Cancillería de fondo. Los guías apuran. Es que por hora ingresan 100 personas, de a grupos de 25, y la oportunidad de una foto con ese paisaje es sólo una.

La “obra de arte que se puede subir y bajar” se puede visitar todos los días, gratis previo turno por internet en http://www.capitaldellibro.gob.ar/, hasta el 28 de junio (en principio iba a permanecer hasta el 28 de mayo, pero se extendió ante la repercusión del público), entre las 10 y las 22.

“Nunca más nadie estará parado en este lugar”, decía Minujín el día de la presentación de esta obra de arte efímero. Lo que no va a ser efímero es el recuerdo de quienes vieron libros de múltiples tamaños y colores y se llevaron una imagen distinta de la Ciudad.